La integración de la Inteligencia Artificial en el sistema educativo ha alcanzado un punto de inflexión crítico. Según el último informe global de The Brookings Institution, publicado este mes de enero de 2026, la balanza tecnológica se ha inclinado: actualmente, los riesgos pedagógicos, éticos y cognitivos de la IA en las escuelas superan sus promesas de innovación.
Tras un exhaustivo análisis que involucró a más de 500 estudiantes, docentes y familias en 50 países, el estudio advierte que la adopción descontrolada de herramientas generativas está erosionando pilares fundamentales del aprendizaje humano.
El informe "A New Direction for Students in an AI World" destaca cuatro áreas donde la IA está generando un impacto negativo que requiere intervención inmediata:
Uno de los hallazgos más preocupantes es la dependencia cognitiva. Los estudiantes están delegando procesos de pensamiento crítico, síntesis y resolución de problemas a modelos de lenguaje (LLMs). El estudio describe un "bucle de dependencia" donde el cerebro deja de ejercitar habilidades esenciales, lo que podría derivar en un estancamiento del desarrollo intelectual similar al declive cognitivo prematuro.
El uso de chatbots como acompañantes emocionales o tutores permanentes está afectando la capacidad de los jóvenes para gestionar la frustración y desarrollar empatía. "Aprendemos empatía cuando hay malentendidos y nos recuperamos de ellos; con una IA que simula entendernos perfectamente, ese músculo social se debilita", señala el informe.
Lejos de democratizar el conocimiento, la IA está ampliando las diferencias. Mientras los sectores con recursos utilizan la IA como un complemento supervisado por expertos, en entornos vulnerables se está utilizando como un sustituto del docente, lo que profundiza la desigualdad en la calidad educativa.
La mayoría de las plataformas utilizadas en las aulas (como ChatGPT, que ya supera los 700 millones de usuarios) no fueron diseñadas con fines pedagógicos. Esto expone a los menores a sesgos algorítmicos, desinformación y una pérdida de la privacidad de sus datos personales bajo modelos comerciales opacos.
No todo es negativo, pero los beneficios son, por ahora, logísticos y no pedagógicos. El estudio reconoce que los docentes que utilizan IA ahorran una media de seis horas semanales en tareas administrativas. Sin embargo, este ahorro de tiempo no compensa el debilitamiento de la autonomía intelectual del alumnado si no se implementan marcos regulatorios estrictos.
"La IA solo enriquece el aprendizaje cuando fortalece la interacción humana entre alumno y maestro, no cuando la reemplaza", concluyen los investigadores de Brookings.
Para revertir esta tendencia, la comunidad internacional propone tres pilares de acción urgente:
Prosperar: Fomentar una alfabetización digital crítica que enseñe a los alumnos a cuestionar a la IA, no solo a usarla.
Preparar: Capacitar a los docentes no solo en el manejo de herramientas, sino en la detección de sesgos y la gestión de la ética algorítmica.
Proteger: Exigir a las tecnológicas marcos de seguridad robustos y un diseño de plataformas centrado exclusivamente en el bienestar del menor.
Para las startups de educación y los responsables de políticas públicas, 2026 es el año de la regulación y la ética. El mensaje de instituciones como Brookings y la UNESCO es claro: la tecnología debe apoyar la enseñanza, pero jamás debe ser el eje que dicte la capacidad de pensar de las nuevas generaciones.